El agua es un derecho humano

El agua es un derecho humano

En marzo del año 1977 se marcó un hito en la historia de los derechos humanos, ya que el Plan de Acción de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Agua la reconoció por primera vez como un derecho. Allí se declaraba que “Todos los pueblos, cualquiera que sea su nivel de desarrollo o condiciones económicas y sociales, tienen derecho al acceso a agua potable en cantidad y calidad acordes con sus necesidades básicas”.
Veinticinco años después, en noviembre de 2002, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas estableció que “El derecho humano al agua es indispensable para una vida humana digna”. Allí se definió el derecho al agua como el derecho de cada uno a disponer de agua suficiente, saludable, aceptable, físicamente accesible y asequible para su uso personal y doméstico.
Más cerca en el tiempo, el 28 de julio de 2010, la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció explícitamente el derecho humano al agua y al saneamiento, reafirmando que el agua potable, limpia y los servicios básicos de saneamiento son esenciales para la realización de todos los derechos humanos. Esto implicó considerar que, sin este, otros derechos fundamentales como la salud se tornan inalcanzables.
En la práctica, esto implica que todos los seres humanos, por el solo hecho de ser humanos, sin importar dónde se encuentren, deben acceder a lo siguiente:

• Agua suficiente: El abastecimiento de agua por persona debe ser suficiente y continuo para el uso personal y doméstico. Estos usos incluyen de forma general el agua de beber, el saneamiento personal, el agua para la preparación de alimentos, la limpieza del hogar y la higiene personal.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), son necesarios entre 50 y 100 litros de agua por persona por día para garantizar que se cubran las necesidades más básicas y evitar preocupaciones en materia de salud.

• Agua saludable: El agua necesaria, tanto para el uso personal como doméstico, debe ser saludable; es decir, libre de microorganismos, sustancias químicas y peligros radiológicos que constituyan una amenaza para la salud humana. Las medidas de seguridad del agua potable vienen normalmente definidas por estándares nacionales y/o locales de calidad.

• Agua aceptable: El agua ha de presentar un color, olor y sabor aceptables para ambos usos, personal y doméstico. Todas las instalaciones y servicios de agua deben ser culturalmente apropiados y sensibles al género, al ciclo de la vida y a las exigencias de privacidad.

• Servicio físicamente accesible: Todo el mundo tiene derecho a unos servicios de agua y saneamiento accesibles físicamente dentro o situados en la inmediata cercanía del hogar, de las instituciones académicas, en el lugar de trabajo o las instituciones de salud. De acuerdo con la OMS, la fuente de agua debe encontrarse a menos de 1.000 metros del hogar y el tiempo de desplazamiento para la recogida no debería superar los 30 minutos.
• Servicio asequible: El agua y los servicios e instalaciones de acceso al agua deben ser alcanzables económicamente para todos.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sugiere que el costo del agua no debería superar el 3% de los ingresos del hogar.

¿Cuál es la importancia de estas declaraciones?

Ocurre que en el mundo las desigualdades respecto del acceso a un recurso esencial para la vida han sido -y siguen siendo- muy grandes. Miremos estos datos que muestran algo de la injusta realidad global (según el Programa Conjunto de Seguimiento de la OMS y UNICEF):
• 884 millones de personas en el mundo carecen de un acceso seguro al agua potable.
• 2.600 millones de personas carecen de acceso al saneamiento básico.

Reconocer formalmente un derecho humano al agua y expresar la voluntad de dar contenido y hacer efectivo dicho derecho, puede ser una manera de estimular a la comunidad internacional, a los Estados, a los gobiernos y a las instituciones involucradas para que redoblen sus esfuerzos para satisfacer las necesidades humanas básicas.
Para lograrlo, se hace necesario contar con recursos financieros y propiciar la capacitación y la transferencia de tecnología aplicada al suministro del agua potable y el saneamiento.

¿Y qué podemos hacer?

Cada uno desde su lugar puede aportar a la defensa del agua como un bien común, como sostén del ecosistema natural y la salud pública, como elemento vital que debe administrarse a nivel comunitario y con control local. En esto hay mucho por hacer: cuidar el agua en nuestra vida doméstica, involucrarnos en la defensa de su uso, vigilar que las cuencas no se contaminen ni se degraden, actuar como grupo de control frente a posibles amenazas externas…
Tener una actitud responsable frente a un recurso que necesitamos para vivir.